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La relación entre el cuidado del medio ambiente y la alimentación

¿Sabías que con tu alimentación puedes contribuir al cuidado del medio ambiente? Sí, desde casa, puedes llevar a cabo pequeños cambios que harán la diferencia.

Hoy te diremos cómo seleccionar tus alimentos y de qué forma puedes preservarlos por más tiempo. Asimismo, conocerás hábitos sencillos que puedes practicar para contribuir con la conservación del medio ambiente y hacer buen uso de los recursos naturales.

Conservar los alimentos es clave

Una buena forma de empezar el cambio es evaluando lo que comes y también lo que desechas a diario. Hacer compras planificadas en el supermercado y traer a casa lo necesario para alimentarte ¡es actuar en pro del planeta!

Asimismo, conservar tus alimentos adecuadamente también es clave, ya que esto se relaciona con el cuidado del medio ambiente.

Según un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura[1], la seguridad alimentaria y la sostenibilidad del medio ambiente pueden beneficiarse si se disminuye la pérdida y el desperdicio de alimentos.

En consecuencia, el cuidado del medio ambiente también depende de ti. Pon en práctica algunos trucos para conservar alimentos por más tiempo y estarás impulsando cambios positivos en tu estilo­­ de vida.

Las proteínas: ¿cuáles consumir para contribuir al cuidado del medio ambiente?

Una de las razones para que selecciones adecuadamente los alimentos que consumes es obtener los nutrientes esenciales para que tu cuerpo funcione con normalidad.

Con relación a esto, las proteínas (animales y vegetales) son necesarias por sus importantes aportes a la salud, sobre todo en la regeneración de músculos, huesos y tejidos[2].

Sin embargo, no es lo mismo consumir proteínas vegetales que animales. Si lo que buscas es el cuidado del medio ambiente, te explicamos la diferencia entre unas y otras a continuación.

Proteínas animales vs. proteínas vegetales

Empecemos por lo básico: distinguir entre una proteína vegetal y animal. Y para ello, vamos a darte ejemplos de alimentos que las contienen[3].

El pollo, los huevos, las carnes rojas, los mariscos y el pescado son proteínas de origen animal y es importante consumirlas porque contienen zinc, hierro, vitaminas del complejo B y aminoácidos esenciales.

Por otra parte, las de origen vegetal se consiguen en legumbres, hortalizas y frutas. Si aún no las consumes a diario, ¡considera incluirlas en tus recetas!

Procura mantener un equilibrio entre ambas, pero incluye, en mayor proporción, las de origen vegetal ya que su producción genera un impacto más beneficioso y positivo para el cuidado del medio ambiente[4].

Un consejo útil: si optas por consumir proteínas de fuentes vegetales y las combinas con otros súper alimentos que sean del mismo origen ¡lograrás un cambio! Obtendrás una dieta más completa y variada, con un aporte nutricional que mezcla alimentos con diferentes tipos de aminoácidos esenciales. Por ejemplo, prueba hacer recetas que incluyan arroz y lentejas; pan y frutos secos o quinoa y vegetales.

Ejemplos de proteínas vegetales

A pesar de que las proteínas de origen vegetal se perciben como una fuente incompleta de aminoácidos esenciales[5], algunos ejemplos de proteínas vegetales de buena calidad que puedes incluir en tu alimentación diaria son:

  • Frutas: kiwi, guayaba, coco, aguacate y manzana.
  • Vegetales: remolachas, zanahorias, garbanzos, lentejas y plátanos.
  • Cereales: cebada, avena o centeno.
  • Semillas: soya.

Opta por las que se cultiven cerca de tu ubicación y sean de temporada.

El súper poder de los frutos secos

Una dieta sana debe incluir frutos secos como almendras, macadamias, pistachos, avellanas y nueces, pues aportan grasas de origen vegetal e importantes nutrientes[6]. Además, según sus propiedades se consideran unos súper alimentos.

A pesar de presentarse en forma diminuta, contienen ácidos grasos que favorecen la salud cardiovascular. Asimismo, te ayudan a reducir los niveles de colesterol y grasas en tu organismo.

La OMS[7] también sugiere la ingesta de estos alimentos, sobre todo en los adultos, ya que permite lograr una alimentación balanceada y sana.

La clave es consumirlos crudos para aprovechar al máximo sus nutrientes. Inclúyelos en distintas preparaciones y horarios durante el día. Por ejemplo, en tus ensaladas al almorzar o como snack entre comidas.

Cocinar en pro de reducir la contaminación

Desde casa, también puedes colaborar con la disminución de los factores que contaminan el medio ambiente. En primer lugar, piensa en cómo preparas tus alimentos. Sin duda, una manera de sumar puntos en el cuidado del medio ambiente es ahorrando energía.

¿Cómo hacerlo? Apaga tus electrodomésticos cuando no los uses, compra artefactos que funcionen con gas en lugar de electricidad, pon la nevera en modo de ahorro de energía y enciende las luces de la cocina solo cuando sea necesario.

Adicionalmente, si usas racionalmente los electrodomésticos contribuirás con la conservación del medio ambiente y sus recursos naturales. Por ejemplo, guarda en la nevera los alimentos con la temperatura adecuada y no abras el horno mientras cocinas ¡esto hará la diferencia!

El envase y el cuidado del medio ambiente

Teniendo en cuenta que uno de los mayores desafíos actuales es saber cómo alimentar al mundo sin degradar la tierra[8], tu aporte no se reduce a la elección de los alimentos, su preservación y preparación.

También debes prestar atención al uso de envases que promuevan la conservación del medio ambiente.

El plástico, aunque sea muy resistente y práctico, no debe ser tu primera opción. Al contrario, elige productos frescos con empaques reciclables (cartón), envases para rellenar o utiliza bolsas ecológicas para llevarlos del supermercado a la casa.

Sé parte del cambio y contribuye desde tu casa con estas pequeñas acciones. Ya sea durante la compra, preparación o conservación de tus alimentos, reduce la contaminación y suma puntos a favor del cuidado del medio ambiente.

 

BIBLIOGRAFÍA.

[1] (FAO, 2018)

[2] (Licata, s.f).

[3] (Martínez Zazo & Pedrón Giner, 2016)

[4] (FAO, 1996)

[5] (Quesada & Gómez, 2019)

[6] (Martínez Zazo & Pedrón Giner, 2016)

[7] (OMS, 2018)

[8] (FAO, 2018)